lunes 23 de noviembre de 2009

DEDICATORIAS

Días de dedicatorias los últimos domingos en Sant Antoni. El archivo crece, sin que por el momento separe la paja del grano. Sin que tú, oh lector, sepas a ciencia cierta cuáles son los libros que pasan a mis buhardas y cuáles se han quedado en la foto.


Arpegios. Foto © JCC

Tienen su cosa las dedicatorias, sin entrar tampoco ahora en los méritos de lo que sigue a la rúbrica. Por lo general, hay en ellas mensajes reptantes, melopeas líricas, firme determinación de deshacer entuertos; cuando no, sin querer, de comenzarlos. A veces todo ello, como la firma y rúbrica, con gran alarde y aparato ornamental, porque el autor sospecha que tras el minuto de gloria vendrán las aguas de Leteo, arramblarán con los mostradores de firmas feriales y estampará su nombre y su libro en la transparencia.


L'ombra i altres poemes. Foto © JCC

Pero no todos pierden la pudibundez cuando el libro sale a la calle y, a lo que se ve, de la calle a los suelos, aquí en Sant Antoni o en los Encantes. No todos poseen la sobriedad y la elegancia de un Marià Manent, en esta primera de L'ombra i altres poemes, de 1931, con el exlibris del poeta incluido.


La nieve en el espejo. Foto © JCC

Nos sirven estos tropiezos para calibrar la coincidencia en los títulos, la peligrosa o indeseada vencidad de unos y otros. Observa uno por ejemplo las letras que asoman de Lugares..., y se le van los apetitos pensando en su Lugares que fueron tu rostro, cuando de lo que se trata es de Lugares donde se calma el dolor de un antiguo ministro.


Los vaqueros en el pozo. Foto © JCC

Y sucede también que, en ocasiones, se producen los milagros y hay que reaccionar como un listillo. Este librito de García Hortelano estaba ayer tirado por un euro en Sant Antoni. ¿De qué iba a pensar el librero -que son cada vez más enciclopédicos y entendidos-, que los destinatarios de la dedicatoria, por mano del autor, eran Luis Goytisolo y su compañera o mujer de entonces?

Cosa triste las dedicatorias, porque señalan a los ausentes, con el autor todavía vivo o ya difunto. ¿Qué se hizo de aquella a la que se le insinuaba que el viento la amaba? ¿Se la llevó el viento, el viento le arrancó los amores? Hay que ser muy escueto para que después no llegue el impertinente y se tiña de melancolía con el indeseado encuentro. Habría, incluso, que solicitar al dedicado un certificado de salud o de estabilidad emocional. O de ingresos asegurados para que un día no se obligue a malvender los libros dedicados. Ni de las viudas puede uno fiarse. Las viudas literarias, como las de la acera de enfrente pictóricas, son de lo más funesto, y en cuanto las acucian los centros de estética, dejan al aire la letra triste, una vez encendida, del difunto. Nada pues como poner, en la página de cortesía, "para Margarita, con amor" y una inicial del nombre propio.

domingo 15 de noviembre de 2009

LA VENTA DE SÍ MISMO


Foto © JCC

A diferencia del Vargas en la imagen anterior, este Romeu Canadell "se vende sin subasta a la voluntad de Vd". ¡El pobre! Apenas he localizado una mención en La Vanguardia del martes 25 de junio de 1912. Era un anuncio de la sección tercera del gobierno militar de Barcelona, interesado en la presentación personal de Ángel Romeu Canadell, entre otros licenciados.
Yo no estaba interesado en este Ángel. Es más, sigo sin saber quién era. Estaba vagando por Sant Antoni cada vez com mayor desaliento, y agobiado por la cháchara de X, cuando libertado y dueño de mi sombra al fin, me fui para arriba en el momento en que depositaban sobre las tablas un buen montón de libros de la II República. También se encontraba entre ellos Estudios indostánicos, de José Vasconcelos (Biblioteca Calleja, 1923). Y de sus páginas se me cayó el filósofo-matemático autor lírico musical, sobre poeta, con su apesadumbrada venta de sí mismo.
¿Sería propiedad de A.R.C el volumen de Vasconcelos? Por la firma que lleva el ejemplar se deduce que no -salvo que aquél se lo hubiera vendido a quien estampó su firma con fecha del año 1948. A lo mejor A.C.R. lo sisó con afán de aprender del manantial idnostánico que según Vasconcelos iluminaría a la civilización occidental, con la ayuda inestimable de las razas que todavía no se han agotado, latinos de América y rusos, españoles e italianos. Como un Charlot a todo volumen, quién sabe, vendería por las Ramblas el matrimonio del catolicismo con el budismo que celebra el ensayista mexicano.
Fuera de quien fuera el libro -Romeu Canadell o García Matas (el de la firma)-, lo saludable es ese guiño descreído que aporta la estampita naranja en un estudio tan serio, tan contemporizador, budismo y catolicismo, virtudes del uno y defectos del otro pero con virtudes de éste que no tiene aquél.
Así se pueden sacar unas perras por las Ramblas. O dando clases de indostánico. Hasta que quiebra el argumento y a Ángel Romeu Canadell no le queda más remedio que venderse. Sin subasta. Diga lo que usted diga, estoy conforme.
Los hay que nacen con todos los premios entre los dientes y quienes ya los han perdido a poco de nacer.

lunes 19 de octubre de 2009

VARGAS


Mario Vargas, Los jefes, premio "Leopoldo Alas" 1958. Foto © JCC

A Mario Vargas Llosa, en mis diarios, lo llamaba Vargas -como al otro, Vila, y a aquel otro, Sánchez. Hoy he dado en los Encantes con un Vargas codiciado. Será el premio por las fatigas que sufre uno en aquel destartalamiento general de las vanidades. Como regalo, tendrá su valor pecunario, insisto, porque se trata del primer libro del peruano español. Pero a mí particularmente me hubiera rechiflado un buen Gómez de la Serna, un Jiménez entre estampitas piadosas. Como en esta colección se publicaba de todo, los loteros no tenían ni idea del valor del ejemplar, bastante bien conservado, con sello de cortesía de los laboratorios Galup. Lo que me extraña es que también se les haya pasado por alto a los tiburones, que hoy se removían en comparsa por el zoco.
Es curioso, los hay que nacen ya con los premios. A lo mejor, se les premia por el mero hecho de nacer. Quizá nazcan con varios premios anteriores e ignorados por el público. Quiero decir, que se les premió al ser concebidos, al tomar el primer nutriente, al primer giro en el seno, a la primera patadita. Yo en casos como éstos, les concedería todos los premios habidos y por haber desde el primer día. Y no es envidia. Qué van a ser envidia los premios recibidos por los Vargas y otros de peor calidad.
Con 23 años, Vargas ganaba con Los jefes y preparaba el doctorado en Madrid. Gracias a otro premio -reza la contraportada- , convocado por la Revue Française entre escritores peruanos, pudo viajar por primera vez a Europa. No se cita el título, pero se afirma que la obra ganadora fue publicada en la mencionada revista. Indagando en otras fuentes, entiendo que el premio francés no fue tal. Que cuando llegó a Francia no existía.
¿Será ese desengaño la causa de la avalancha de premios a los que se arrojó posteriormente Vargas?

domingo 11 de octubre de 2009

LAS ANTOLOGÍAS



Recuerdo el sinsabor, recién huido de la Isla, al comprobar que en una antología de poetas de Tenerife, firmada por dos conocidos, no figuraba. No figuraba...; y habría que poner también en cursiva, en cursiva intensiva, poetas de Tenerife, agravado -no lo recuerdo bien- por el "actuales" o el "contemporáneos".
Qué de sinsabores en las primeras oscuridades del desarraigo. Apartado y libre. Escribiendo contra la pared y calentándome las manos heladas con la luz del flexo. Uno, con la eternidad iluminada de azur enfrente, rumiaba con Shakespeare: "Teme al tiempo, no a mis ojos."
Una vez que uno descarriló de su destino -y fueron algunas las veces, y la eternidad era una aurora intermitente, un estandarte deshilachado por exceso de vida-, apareció y no apareció en algunas antologías. Serias algunas pocas, de vodevil las otras, como nombre mencionado, como inclusión en nota a pie de página, con unos pocos poemas, como colofón de otros, como inscrito en escuela o parvulario poético, con la sincera satisfacción del editor que me espetó "¡Qué pena que tú estés en la antología", la editada por él, la que iba a ser un éxito de ventas, hasta que un pontífice reparó en mi nombre y le dio de collejas a los antólogos -aún dolidos comingo- y al editor, grave manantial de euforia que no he vuelto a ver borbotar.
Luego desaparecieron, las antologías y mis sabores por si figuraba o me ninguneaban. Por fin no era ni de aquí ni reciente, ni moderno o minimalista o de la cofradía del silencio. Como cuando volvía a los brindis sociales literarios, después de alguno de mis eclipses, y se llevaban la copa a la cabeza: "¿Pero tú no vivías allá?"
Y los de Allá también se llevaban la copa a la cabeza: "¿Pero tú no estabas allá?"
Allá -sobra decirlo- es muerto.
Con el cielo de un azul purísimo, que de tanta intensidad se desmaya de blanco por los bordes, esta mañana di en Sant Antoni con la Antología poética de Sierra Nevada, publicada por la Universidad de Granada en 1973, 21 páginas de prólogo concienzudo, 168 páginas a reventar de lírica, desde Abu Muhammad Abd Allah ben Sara al-Santarini hasta Carmelo Delgado Rodríguez, né à 1947.
También son ganas de buscarse enemistades las del profesor Gallego Morell, especialista en Garcilaso, "Estrella de las Nieves" según distinción recibida por la misma universidad, autor de una antología de poesía deportiva en castellano, catalán, gallego y vasco que será obra colosal, pero de la que no tenía ni idea sino hasta ahora, al leer las referencias sobre el autor en las solapas.
El día en que un profesor universitario acometa una antología de poetas de la plaza del Adelantado, y no me figure, entonces sí voy a irritarme muy de veras.

sábado 10 de octubre de 2009

MÁS PARA LA TEORÍA DEL AGUA


Amanecer con grano rojo. Foto © JCC

Los relámpagos no reconocen los confines. Trabajan a grandes zancadas, siempre con prisas, por todas partes. Enseguida comenzó a llover.
Eso auguraba, según mi caprichosa teoría, que iba a ser un buen día en los Encantes.
Con lo que no cuenta mi teoría es con el estado de los libros en los charcos. Una gota de agua puede pasar, pero tres destrozan a un libro. El agua no devora el libro como hace el fuego. Lo deja intacto con toda su hinchada decadencia.
Así avanzaba este viernes, entre ráfaga y ráfaga de lluvia sin definirse, con ganas de abrazarlos a todos, de secar todos los charcos, y no fue poco el tiempo que perdí, junto al Anarquista Jienense, en ir tirando para lo seco lo que consideraba, a simple vista, salvable.


Agbar y loro. Foto © JCC

Lo que es salvable, en literatura y quizá en la vida, es asunto espinoso y uno se limita a proclamar que salvaba lo menos dañado por el agua.


Francesc Pujols, según caricatura de Porta. Foto © JCC

Cuántas veces no me he quedado con el mismo Hamlet art-déco porque ése era el único volumen salvable.


S'Agaró. XXI Aniversario. Ediciones S'Agaró, Talles Gráficos Rex, Barcelona, 1949. Portada de Juan Colom. Foto © JCC

De modo que había lluvia menuda y mucho libro. En esas circunstancias, los precios bajan notablemente. Los hay cabezotas, aun empapados de agua. El feliz hallazgo de este libro maravilloso, S'Agaró. 1924-1949, se nubló con la enconada pelea. Tenía el estuche convertido en piltrafa, y el listo que me lo vendía, "Pues quédese con ése", en referencia a un libro de relleno que también colocaba bajo el brazo. Los textos de Pla, Folguera, Soldevila, Jaime Arias, pero sobre todo el de José María de Sagarra, han recompensado el esfuerzo. Y las extraordinarias fotografías de Casas, Gandol, Sagarra, pero sobre todo de Bucovich y Zerkowitz.
Los libros secos, a salvo, en casa. ¿Y todos los otros que ni siquiera vemos? ¿Y los que sus tejidos se deshicieron entre los dedos de que llegaron antes que nosotros?
Todo regresa. Como Hamlet.

jueves 1 de octubre de 2009

NADA ANOTADO


Foto © JCC

Nada anotado desde el 16 de agosto... Y no será porque no haya en este tiempo trasteado los Encantes.
Sobre las montañas de papel -tarjetas de visita, restos de libros, libros anodinos, periódicos...- fulguraba la luz de agosto, quizá excesiva, como el calor, para trepar y hundirse y encontrar lo deseado.
¿Y qué es lo deseado, a la luz de un fulgor tan violento?
Volvió la Mery, traía el pelo trasquilado en las sienes, oscuro, sin tanta pintura. Pero yo apenas pasaba por El Mirall; salía, casi como un relámpago, por un lateral y con prisas sólo deseaba llegar a casa, reponerme del siroco, de la humedad, del peso cargado a la espalda.
Sin duda, la familiaridad ahuyenta los encuentros. Quiero decir que tengo que volverme invisible, desconocer a tanto personaje del zoco, no atender ni a saludos ni a llamados. Meterme para adentro y seguir el rastro del polvo.
Qué cosa más distinta cuando uno da con los restos volcados de una papelería, una pequeña librería de nuevo. Estaban el otro día por ahí, amontonados como en estanterías que colgaran de la tierra, cientos de novedades; también libros de amigos, conocidos y saludados -ninguno de éstos es el caso de J. M., con su dedicatoria a X, el hijo de Joan Vinyoli:

Para el amigo Vinyoli,
que como yo mismo,
como su padre,
no somos más -ni menos-
que restos de la
canción francesa, de
Rilke, Dante y Sagarra,
de toda la poesía que
puede servir para dar calor
cuando hace frío.

Le dábamos la vuelta al lomo por curiosidad ociosa. No serán ellos, esos libros nuevos, intactos, los que nos dará calor en invierno.

domingo 16 de agosto de 2009

LOS BUENOS CLIENTES


Foto © JCC

-Los buenos clientes nunca fallan... -exclamó el que pinzaba carteles de cine en la cara sur de Sant Antoni. Su hijo, de corta edad, se apoyaba el sueño y la cabeza con las manos, recogido junto a la pared.
A la socarronería de aquél le añadió X, antiguo camionero, este otro comentario:
-Hoy vienes vestido como un cura.
Aunque no lo parezca, X se lo decía con afecto. El joven balbució algo; yo tampoco entendí el porqué del símil. Había venido a continuación de mí. De modo que éramos dos los locos en el mercado vacío, con veinticuatro grados a las siete de la mañana.
Él llevaba los puños de la camisa abrochados y una corbata al cuello, creo que rojiza.
La mitad de la paradas no había abierto, ni lo haría el resto de la jornada. Parecía todo muy extraño. Ni se había presentado la Lectora, sus zuecos amarillos de plástico, su carrito de la compra.
Los buenos clientes, además de nosotros dos, eran el Rabino -que me siguió muy de cerca, no compró nada como de costumbre, sólo alargó el cuello también abrochado- y el Entusiasta, que compareció con rápidas y escuetas zancadas, los codos a la altura de los riñones.
Vestía una camiseta amarilla. Contrastaba el atuendo deportivo con el pálido de la masa muscular. Con los pocos que éramos, y aun así se animó a encender los ojos y a lanzar un par de consignas:
-¡Ea, ea, fascista el que no la vea!
Ni lo corearon ni lo mandaron a la gloria, del bochorno que hacía. Él mismo se acalló por los corredores. Volvió a jalear otra proclama, y ya no lo volví a ver.


Foto © JCC

Yo daba vueltas y no me lo creía, las caras lentas de los vendedores, el aire cargado de humedad, la idea -casi superior a la presencia de libros- de que la vida estaba en otra parte y que esa parte por una vez se llamaba Playa. Ni aun manirroto, o con la lengua afuera, había nada que comprar. De hecho, ha sido una jornada modélica, sin peso en la mochila, sin remordimientos ante el gasto, la correspondencia entre Paul Claudel y André Gide y El gran Gatstby en aquellas sólidas ediciones de José Janés a principios de los años cincuenta, con las camisas intactas y el diseño de Ricard Giralt-Miracle.
El joven de corbata se llevaba una botella de agua a la boca. En realidad la sostenía, mientras con los ojos perdidos miraba una ristra, como un niño enorme con el biberón y un par de libros bajo el brazo.
-Tanto libro -me decían a mí, cuando era todavía más joven que él- te volverá loco...