
Arpegios. Foto © JCC
Tienen su cosa las dedicatorias, sin entrar tampoco ahora en los méritos de lo que sigue a la rúbrica. Por lo general, hay en ellas mensajes reptantes, melopeas líricas, firme determinación de deshacer entuertos; cuando no, sin querer, de comenzarlos. A veces todo ello, como la firma y rúbrica, con gran alarde y aparato ornamental, porque el autor sospecha que tras el minuto de gloria vendrán las aguas de Leteo, arramblarán con los mostradores de firmas feriales y estampará su nombre y su libro en la transparencia.

L'ombra i altres poemes. Foto © JCC
Pero no todos pierden la pudibundez cuando el libro sale a la calle y, a lo que se ve, de la calle a los suelos, aquí en Sant Antoni o en los Encantes. No todos poseen la sobriedad y la elegancia de un Marià Manent, en esta primera de L'ombra i altres poemes, de 1931, con el exlibris del poeta incluido.

La nieve en el espejo. Foto © JCC
Nos sirven estos tropiezos para calibrar la coincidencia en los títulos, la peligrosa o indeseada vencidad de unos y otros. Observa uno por ejemplo las letras que asoman de Lugares..., y se le van los apetitos pensando en su Lugares que fueron tu rostro, cuando de lo que se trata es de Lugares donde se calma el dolor de un antiguo ministro.

Los vaqueros en el pozo. Foto © JCC
Y sucede también que, en ocasiones, se producen los milagros y hay que reaccionar como un listillo. Este librito de García Hortelano estaba ayer tirado por un euro en Sant Antoni. ¿De qué iba a pensar el librero -que son cada vez más enciclopédicos y entendidos-, que los destinatarios de la dedicatoria, por mano del autor, eran Luis Goytisolo y su compañera o mujer de entonces?
Cosa triste las dedicatorias, porque señalan a los ausentes, con el autor todavía vivo o ya difunto. ¿Qué se hizo de aquella a la que se le insinuaba que el viento la amaba? ¿Se la llevó el viento, el viento le arrancó los amores? Hay que ser muy escueto para que después no llegue el impertinente y se tiña de melancolía con el indeseado encuentro. Habría, incluso, que solicitar al dedicado un certificado de salud o de estabilidad emocional. O de ingresos asegurados para que un día no se obligue a malvender los libros dedicados. Ni de las viudas puede uno fiarse. Las viudas literarias, como las de la acera de enfrente pictóricas, son de lo más funesto, y en cuanto las acucian los centros de estética, dejan al aire la letra triste, una vez encendida, del difunto. Nada pues como poner, en la página de cortesía, "para Margarita, con amor" y una inicial del nombre propio.









